El principio de subsidiaridad, fundamentado en que lo que hay que hacer sea hecho y gestionado, e incluso, financiado, debería ser un principio clave de las administraciones, tal y como recomiendan muchas instancias y el Tratado Europeo. Pero la realidad es muy lejana. La racionalidad más elemental entendería que practicarlo sería lo más efectivo, sin revuelos entre las administraciones (tú me debes, yo te debo…). Lo más efectivo es además, lo más eficiente. Por lo tanto, si no lo hacemos es que no actuamos racionalmente. De hecho, hay que constatar que no rige el principio de subsidiaridad, sino el principio de poder. Cuanto más presupuesto tenga y gestione, más importante y más poder tengo. Qué espíritu más empequeñecido, también en estas cuestiones. ¿Estaremos en un mundo liliputiense de espíritu humano?
Fuente: http://www.lamalla.cat/politica/article?id=1010462








